Quiero que quede claro desde el principio que estas primeras líneas del blog son el resultado de una minuciosa recopilación de testimonios de parte de los protagonistas, siendo estos mi madre (la principal, después de mí), mi padre, el doctor Rodríguez, la enfermera Domínguez (con la que mi padre gustaba de realizar juegos de palabras no del total agrado de mi madre) y mi hermano Jaime, un ser completamente visible, amén de otros familiares que esperaban en la sala de espera. Aclaro esto porque no quiero que el lector se lleve la falsa percepción de que lo de describo a continuación es completamente fiel a la realidad, pues algún detalle ha podido ser modificado debido al deterioro de la memoria de mis allegados.
Relatar lo que precedió al parto en sí es bastante absurdo. Vayamos pues al meollo de la cuestión: mi nacimiento. Terminaremos pronto, pues basta decir que, a ojos de todo el mundo allí presente, mi madre dio a luz a un cordón umbilical bastante pesado (rondaba los dos kilos). De repente, todas esas ecografías vacías cobraron sentido y el doctor, dando muestras de normalidad, me arremetió un par de tortazos a la cara, pues no atinaba donde estaba mi culo, que me hicieron, y vaya cómo me hicieron, llorar. Cosa que, por otra parte, también hacía mi madre, y no de emoción precisamente. Que qué iba a hacer ella con un niño invisible, gritaba desconsolada. Y, tratando de negar la realidad, se pasó tres días sin verme en la incubadura, aunque, dicho sea de paso, tampoco había nada que ver.
Y, cuando se dignó a visitarme, fue para peor. “Qué hijo más guapetón tiene”, le decían el resto de madres, sin pensar en la tontería que estaban diciendo.
Pero eso es lo de menos. El primer ser humano invisible de la historia había nacido. Y era yo. Y, tras semana y media, iba camino a casa.